D’ENÇÀ de Quim Bigas

D’ENÇÀ comienza con una canción interpretada por el propio Quim Bigas, compuesta en colaboración con el artista Alejandro Da Rocha, encargado de crear el universo sonoro de la propuesta:

Nada empieza con la apalabra,
nada empieza con los motes.
Antes de nada hay un movimiento, un gesto, un respiro, una sensación.
Acompáñanos con la mirada,
acompáñanos con la atención,
a esta danza que viene de los espacios del estar, del movernos y del observar.
Mientras estemos estaremos allá donde tengamos que estar.
Mientras estemos estaremos, a lo mejor sorprendidas de este instante.
[…]

Desde la penumbra de la sala los sonidos emergen como una letanía amorosa invitándonos a entrar en una atmósfera apacible. Con el mismo tono calmado las bailarinas van ocupando el espacio componiendo una imagen que recuerda a la obra Gente al Sol del pintor estadounidense Edward Hopper.


En los tiempos que corren, una invitación así se agradece de corazón.

Cada día que pasa, notamos más el agotamiento perceptivo que resulta de nuestra excesiva producción y consumo de imágenes, mensajes y sonidos. Ingentes cantidades de datos, transportados por toda clase de medios se amontonan en nuestros sentidos saturando nuestros organismos hasta el aturdimiento. Nunca habíamos experimentado tanta congestión en el espectro de nuestros sentidos como hasta ahora. Ni siquiera narcotizadas escapamos a la neurosis de lo visible y al barullo de una comunicación banal que está reduciendo nuestras vidas a meros mecanismos de repetición y transmisión del propio sistema que nos consume.

Cada vez es más difícil encontrar alivio sensorial a esta situación, por lo que estamos condenadas al silencioso sufrimiento de lo sensible. El sufrimiento de lo sensible no es otra cosa que el debilitamiento de nuestras interacciones orgánicas y directas con el mundo que nos rodea. Es la consecuencia de dejar de atender a muchos aspectos sutiles de lo real por estar distraídas con el incesante ruido del espectáculo de nuestras propias vidas. Dichas interacciones nutren lo que nos vincula a lo vivo. Pero vemos que distraernos tiene consecuencias que requieren grados de mediación para mantener un equilibrio, pues cuando las operaciones de saturación toman el control, los organismos se desbordan y se alteran seriamente, como ya estamos constatando en muchas esferas. Es por ello que, en mi opinión, propuestas como D’ENÇÁ adquieren especial relevancia debido a que ofrecen una experiencia de alivio sensorial que neutraliza pasajeramente los efectos de la saturación haciendo posible una forma de estar descansada, incluso aunque no lo percibamos.

En este proceso, quizás lo primero que se desactiva sea la traducción. Culturalmente hemos aceptado que el arte debe ser interpretado y significado, para lo cual, debe encajar exactamente en el lenguaje. Si embargo, sabemos que las experiencias sensibles escapan al lenguaje y no necesariamente son bellas. La tan manoseada vivencia de lo sublime, a partir de la cual, la academia construyó el cannon de lo bello, no es otra cosa que una experiencia sensible, carente de prejuicio estético, que cualquiera puede tener ante, por ejemplo, la presencia de una forma, lo infinito en el paisaje o la tibia la luz de un atardecer. Poseemos un refinado sistema perceptivo que nos permite acceder a todo un mundo de sutilezas. La belleza no es una norma, es una vivencia intensa con lo otro no necesariamente emocional, pero sí intensamente sensorial, que no se impone, sino que se encuentra de manera inesperada, vinculando la experiencia de lo artístico con lo espiritual y lo cotidiano. Enfocarse en traducirlo puede limitar y opacar la viveza de dicha experiencia.  

Las bailarinas de D’ENÇÁ, Alba Barral, Víctor Pérez Armero, Sanya Malnar, Clara Tena y Pauli Romero, se mueven en el espacio como si fuera por primera vez. Es importante recalcar que ellas no están representando «esa primera vez». Tampoco la están teniendo realmente. Lo que vemos hacer a sus cuerpos es una práctica, una manera muy sencilla de atender a la realidad de la escena que consiste en escucharla y dejarse afectar por ella junto con dejar espacio para que hable su propio lenguaje sin estetizarlo excesivamente.

¿Entonces cómo podemos hablar de coreografía cuando lo que mueve a las bailarinas no es una partitura sino una escucha?

En efecto, lo que vemos no es una coreografía al uso porque no hay una composición a la que obedecer. Tampoco hay un conteo de tiempos que controle el ritmo y el movimiento de la escena. No hay un “yo hago para que tú me mires”. Lo que hay y vemos no es una coreografía, es ‘escucha’.

Lo que se coreografía es una relación basada en a qué materiales se escucha. Lo que se practica -o ensaya- es el tipo sensibilidad que requiere esa escucha.Y y lo que vemos en la esfera del espectáculo estético es el momento en el que todos los materiales implicados se encuentran en la práctica que propone D’ENÇÁ. Y una práctica no es lo mismo que una coreografía, pues una se mantiene abierta, viva, y la otra, se suele cerrar en sí misma. Tampoco se espera que una práctica arroje un resultado o un objeto estético perfectamente delimitado. Lo que resulta es ligeramente distinto, es una manera de organizar los materiales a partir de no extraerlos ni manipularlos en exceso, sino más bien, dándoles tiempo y espacio de calidad, para que las espectadoras podamos apreciarlos y entrar en su aura, siempre que seamos capaces de percatarnos de sus presencias.

Un ejemplo de este aspecto es que del entramado de cerchas desde donde se cuelgan los focos D’ENÇÁ también cuelgan dos placas cuadradas de metal que al parecer no cumplen otra función que ser presencia material. Esas materialidades están ahí para quien se fije en su comportamiento que, a veces, desprende destellos de luz, y otras, produce efímeros reflejos de la misma escena. No piden ser vistas. No tienen protagonismo ni momento de lucimiento, solo están activas, y diría, que vivas de una manera presente y elegante.

El ejemplo sirve para afirmar que eso es caer en la danza. Caer en ‘esta’ danza implica suspender lo que creemos es la danza. Es una práctica que da acceso desde una perspectiva íntima y sensible a las cosas cotidianas atendiendo a la delicada relación que existe entre lo externo y lo interno, como una manera de conocer y reparar nuestras conexiones con el entorno.  Así D’ENÇÁ refuerza la idea de que el arte es un medio y no solo un fin, como demandan nuestras sociedades de la mercancía.


Desaprender modos de hacer y percibir inculcados por el sistema estético dominante -ahora del espectro espectacular-impactante-, también implica incorporar una dimensión inaccesible de la escena, que como en la vida, requiere apertura y confianza, cuestión que Bigas ensaya a través de la figura del unísono. El unísono es una manera de organizar a los cuerpos en escena que requiere un tipo de conexión profundamente sincrónica. Se basa en el acuerdo. Pero este acuerdo no es un contrato, no es un guion. Es un abrazar la incertidumbre de dejarte llevar por algo que no está en ningún lugar, cuerpo ni objeto, sino que resulta del consentimiento y la confianza hacia un fenómeno de autoorganización in situ en el que la cooperación genera una dinámica colectiva impregnada de afectividad.

Dar lugar a la percepción, a lo que no está presente, cuestiona el enfoque convencional que privilegia la categorización y el control sobre los materiales de la escena. Contradice la lógica ocularcentrista y nos invita a crear otra clase de confianza basada en la pérdida de expectativas acerca de lo que puede o no puede hacer una materia, un cuerpo o una coreografía. Nos permite asomarnos al misterio y a la intuición como formas de conocer el mundo.  Este aspecto se manifiesta en el deseo de compartir un espacio-tiempo en el que las bailarinas y el público experimentan la danza como una dimensión existencial delicada, sin la necesidad de impactar o resolver su significado. La ausencia, entonces, se convierte en una presencia a través de la cual se exploran otras formas de cuidar lo que no se da a la visión o al raciocinio. El unísono, lejos de ser homogeneidad ensimismada, destaca la importancia de la escucha, el acuerdo consentido y el respeto como una práctica que fomenta un tipo de conexión basado en el enlazamiento amoroso de cuerpos, materias y presencias.

Solucionar preguntas, proveer de significados, traducir, explicar o dirigir la mirada son mecanismos normativos y disciplinares de la modernidad, que propuestas como D’ENÇÁ suspenden y apaciguan. En su lugar, ofrece una experiencia compartida desde la dimensión afectiva del movimiento y no solo desde la búsqueda de un sentido que resuelva o confirme una tesis. La práctica de lo sensible es un proceso que siempre se abre a la posibilidad, a lo inesperado y a lo incontrolable.

En mi opinión, D’ENÇÀ es una práctica que desplaza la centralidad de lo coreográfico hacia una política de la atención. Si el régimen espectacular organiza nuestra sensibilidad mediante el impacto, la velocidad y la saturación perceptiva, la propuesta de Quim Bigas ensaya otra economía sensible que desacelera la mirada, suspende la exigencia interpretativa y restituye el vínculo entre cuerpo, tiempo y mundo. Más importante aún, no ofrece imágenes para consumir, sino condiciones para percibir.

Su potencia estética reside precisamente en no clausurarse como objeto terminado, sino en invitarnos a una coexistencia sin jerarquías rígidas que bien podría aplicar a mi vida. Lo coreográfico deja de ser mera composición formal para devenir relación situada entre elementos heterogéneos que se afectan mutuamente. Desde esta perspectiva, esta danza no se impone como espectáculo, sino que aparece como acontecimiento sensible.

Frente al mandato de traducir toda experiencia al lenguaje, D’ENÇÀ nos recuerda que existen saberes que solo acontecen en la percepción, en la vibración compartida, en la delicadeza de una atención común. Su escena no representa el mundo, lo vuelve nuevamente disponible para ser sentido.

Así, D’ENÇÀpuede comprenderse como un ejercicio de reparación perceptiva en tiempos de fatiga sensorial y mercantilización de la experiencia. Propone una comunidad momentánea fundada en la escucha, la confianza y la apertura a lo incierto. Donde el espectáculo separa, esta práctica reúne; donde el ruido ensordece, abre silencio y donde todo exige rendimiento, devuelve presencia.

Deja un comentario