Ganarse la vida para perderla

Una de las piezas programada en el Festival Sâlmon y que seguramente nos interesó a más de una fue El esfuerzo constante de ganarse la vida de Vicente Arlandis.

Se trata de una propuesta planteada como una conferencia performativa que invita a revisar nuestras relaciones y posiciones sobre el hecho de trabajar. Articulado en primera persona, es el propio Vicente el que nos lleva a través de la bios de su trayectoria laboral, un territorio en el que predominan ocupaciones precarias e inestables. Durante el recorrido nos asomamos al papel que juega el tiempo en el secuestro de la vida. El lugar que ocupa la obediencia ciega a la mecánica del trabajo. La confusa relación entre libertad y trabajo. La esclavitud a la que nos sometemos por un salario. La pobreza que supone no poder elegir otra forma de vida.

Esta propuesta forma parte del proyecto de investigación El malestar del trabajo, con el que Vicente ha desarrollado distintas actividades y prácticas con el objetivo de esclarecer y profundizar el papel del trabajo en nuestras vidas, como El lugar donde se hacen las cosas, jornadas sobre imaginarios, afectos y trabajo; Trabajar cansa, jornadas sobre el agotamiento; y Qué pasa cuando no pasa nada.

Constante quiere decir PERPETUO.

Perpetuo quiere decir PARA SIEMPRE.

¿Cómo el esfuerzo constante de ganarse la vida es incompatible con el constante anhelo de realizar una vida acorde a nuestros deseos y aspiraciones?

¿Cómo el esfuerzo constante de ganarse la vida se ha normalizado a tal punto que reivindicamos nuestra esclavitud como parte de nuestra identidad, y no contentas con eso, además consideramos que el trabajo es una vía legítima de dignificación y reconocimiento social?

¿En qué momento fundimos vida y trabajo en una sola cosa? ¿Cómo es que desoímos las innumerables advertencias acerca del peligro de convertir la vida en trabajo?

En un momento de la performance, Vicente cuenta su experiencia en la compañía de Jean Fabre para ilustrar una de las reflexiones que César Rendueles planeta en Capitalismo Canalla. El autor afirma que en el ámbito laboral soportamos cosas que en el ámbito de la vida jamás soportaríamos. “Tres años en un ambiente asquerosamente competitivo. Compañeros que lloraban, se insultaban y muchas peleas….” y creo que Vicente quiere decirnos que en el mundo del arte no todo es realización y coherencia, también se compone de las miserias de cualquier otro trabajo ¿Qué porcentaje de esas experiencias se desplazan y terminan siendo parte del ámbito de la vida, de los afectos, de los cuidados? ¿Aceptamos las idiosincracias laborales porque un trabajo siempre es una forma de coacción transversal? ¿Cuántas veces habríamos querido decir “preferiría no hacerlo” y no nos atrevimos? ¿Quién se puede permitir asumir una postura como la de Bartleby de Melville? ¿El eterno retorno a Karl Marx y la lucha de clases? ¿Superaremos alguna vez esta fase del desarrollo social?

Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre esto.

En escena, vemos una camilla de masajes, un masajista y Vicente Arlandis ataviado con una bata blanca y chanclas dispuesto a recibir un masaje. Detrás, una enorme pantalla que proyecta el rostro de Vicente a través del hueco de la camilla.

…un masaje -pienso- eso que debería cubrir la seguridad social para compensar el cansancio y las contracturas de pasarnos la vida trabajando.

Como Vicente, yo también he tenido múltiples y variados trabajos durante toda mi vida, desde vendedora de ordenadores en el D.F. México o florista de Repsol en España, a dar clase de artes escénicas en Universidades chilenas, o producir, gestionar y programar para equipos y espacios dedicados al arte. Aunque estudié Artes Escénicas durante cinco años en la Universidad de Chile y tengo posgrados y máster, mi bios laboral es enorme y fragmentada. Una inmensa parte está formado por trabajos temporales que jamás nadie sabrá porque su función fue únicamente la de pagar el alquiler, nada más ni nada menos. La otra parte, la forman aquella otra larga lista de trabajos o proyectos (nombre que utilizo para desmarcarlos del régimen laboral tradicional) vinculados directamente con mi profesión artística, a los que me he entregado con todo el entusiasmo de Zafra y en los que he invertido más dinero y tiempo que el que he recibido para realizarlos.

Durante muchos años trabajé doce o más horas al día, repartidas en dos o tres jornadas laborales distintas ¡Menuda dignidad esquizofrénica! Por las mañanas un trabajo, por las tardes otro y por las noches los proyectos. Así llegué a hacer de la extenuación una forma de vida. La disociación continua mi modus operandi. A no permitirme el descanso, las vacaciones o un cafecito al medio día. A tener unas ideas extremas acerca del rendimiento del tiempo. Así llegué a pasar por encima de las posibilidades de mi cuerpo, a autoexplotarme sin medida, a quedarme varias veces sin pareja por no estar nunca en casa y a descuidar mi intimidad totalmente mimetizada con el trabajo. Aquella forma de vida por la que el trabajo se introyecta de esa manera en los cuerpos, está muy normalizada en otras partes del mundo. Tuve que regresar a la universidad a estudiar el tema, cambiarme de país y transformar mi estilo de vida completamente para sacarme ese régimen laboral invasivo que extermina todo lo que vale ser vivido. La vida es distinta cuando una ha experimentado en sus carnes la potencia del tiempo libre.

Para las que venimos de una educación 100% neoliberal, es normal llamar “emprendimiento” al proyecto artístico y “emprendedor” al artista. Es normal pensar que un producto artístico se puede regir por principios económicos e industriales (a pesar de que ha quedado bastante demostrada su imposibilidad). Es normal entregarse a proyectos excitantes gratuitamente. Que la reproducción del objeto artístico puede ser idéntica para garantizar la misma experiencia a cada espectador-consumidor. Que se puede abaratar los costos de un proceso creativo no pagando el trabajo del artista, solo los costos de producir la obra, para buscar su eficiencia económica. Que el tiempo que necesita un proceso de creación no tiene equivalente económico excepto si eres un artista con algún impacto social medible (aura=éxito). Que es normal encarnar distintas labores en un mismo proceso de creación (debido a los bajos presupuestos que manejamos) ser tu dramaturga, tu coreógrafa, la que te hace el espacio sonoro y el diseño de luces, tu gestora, tu productora, tu periodista, la que te hace el vídeo, te toma las fotos, diseña tu web y organiza la fiesta con la que recaudarás algún dinerito que te permita liberarte de alguna de esas labores pagando a una amiga. El arte desarrollado en zonas con una consolidada trayectoria neoliberal, es asombrosamente normal tener varios trabajos para sostenerte económicamente durante toda tu vida, no solo durante el tiempo de los estudios, como nos cuenta Vicente.

Nunca olvidaré esta imagen de 1995: estaba en la entrada del Teatro Antonio Varas, uno de los más importantes de la ciudad de Santiago de Chile, pensando en entrar a ver Ofelia, la madre muerta de Marco Antonio de la Parra. En eso veo llegar a su protagonista, la talentosa actriz Tichi Lobos, vestida formalmente de chaqueta, falda y tacones (el uniforme de las oficinistas chilenas). Aferrada al abrazo de su pareja, Tichi le decía “no quiero entrar, no quiero hacer la función, estoy cansada”, mientras era conducida hasta la puerta que llevaba a los camerinos. En esa época la actriz trabajaba en un banco jornada completa y también daba las funciones de Ofelia de jueves a domingo, durante al menos dos meses (a lo que hay que sumar los meses de ensayo y montaje). Es decir, no descansaba ningún día de la semana porque no se podía permitir dejar un trabajo estable del banco por uno temporal y seguramente mal pagado, aunque fuera protagonizando la obra de un dramaturgo bastante exitoso en uno de los teatros que por entonces tenía más recursos de todo el país. No podemos escoger dónde y cuánto trabajar.

Cada día más, y en ciertos ámbitos laborales más que en otros, se valoriza positivamente que el trabajador explote su dinamismo hasta umbrales insospechados; mantenga vivo el entusiasmo a pesar de los pesares; se mueva constantemente entre territorios para realizar su labor; se adapte a la velocidad del rayo a las más miserables condiciones y sienta infinita gratitud cuando las condiciones laborales son razonables (honorarios por encima del sueldo mínimo del país de turno, un espacio confortable con baño, calefacción y ducha, etc.). Estar disponible las 24 horas al día ante cualquier propuesta; no tener contrato laboral, seguridad social o pensión.

La difusa línea que separa a una profesión elegida y apasionante de otra necesaria para vivir, que separa el cuerpo del intérprete de su producto artístico, es un asunto que se está abordando desde la década de los sesenta, para entre otra cosas, re-configurar el perfil específico de los trabajadores del arte y determinar aspectos generales que se desmarquen de los tradicionales prejuicios por los que estas profesiones se consideran ámbitos para vagos, ineptos y oportunistas. Solo la fama y el reconocimiento público convierten en útil socialmente a un artista. Pero para que eso suceda, primero se tiene que desencadenar un complejo y opaco proceso más cercano a una idiosincracia que a una regulación laboral.

A esta figura del artista diletante (siempre varón) que vaga voluntaria y libremente por los voluptuosos y reconfortantes recovecos de su creatividad, se le contrapone una realidad bastante más cruda, la de pertenecer a un sector siempre inestable en todas sus capas, que refleja una ética biopolítica que actualmente beneficia al modelo económico imperante, no al arte, no al artista.

Vicente hace la siguiente clasificación sobre nuestras relaciones con el trabajo:

“Las personas se relacionan con el trabajo de 4 maneras:

personas que les encanta su trabajo (pocas)
personas que no les gusta pero no tienen más remedio que hacerlo (grupo numeroso)
personas que no lo tienen pero les gustaría tenerlo (bastante número)
personas que no tienen ni lo quieren tener (pocas personas)”

Agrego una quinta categoría (más común fuera de la UE): personas que tienen más de un trabajo para llegar a fin de mes o para financiar la actividad profesional de un ámbito desregulado, pero escogido por vocación. Los multiautoexplotados.

…y una sexta: trabajadores que viven de la performance de sus ideas creativas cobrando principalmente en rédito social.
En esta última categoría se puede dar el caso de que estos trabajadores no consideren su trabajo como trabajo, sino algo distinto e inclasificable dentro de las diluidas categorías del trabajo inmaterial.

Hacia el final de la conferencia, cuando el masajista ha pasado por todos los puntos sensibles del cuerpo de un performer como los isquiotibiales, los gemelos o el trapecio, Vicente plantea que al actual régimen laboral de explotación hay que neutralizarlo “parando”. Aunque no especifica a qué tipo de parón se refiere, recuerdo de inmediato la “ontología lenta” de Gastón Bachelard, citada por André Lepecki en la introducción de Agotar la danza. Ahí Lepecki explica la inclusión de la inmovilidad y de distintas maneras de ralentizar el tiempo en la danza de los noventa, como escenificación de la interrupción del flujo continuo del movimiento y como interrogación histórica. En este sentido me gusta pensar que “parar” sería un estrategia para agitar las capas profundas y sedimentadas de unas costumbres y creencias que, muy a nuestro pesar, terminan haciéndose con nuestro cuerpo y nuestras vidas.

Parar.
Una cuestión problemática en pandemia.
Hablado a través de audios de wsp, Quim Bigas me comparte sus impresiones sobre trabajar con las restricciones del corona: “…todavía nos cuesta entender cómo estamos trabajando. Pese a estar trabajando, gana la sensación de que no lo estamos haciendo todo lo que deberíamos, pero no porque no estemos haciendo nada, sino por que hay unos aspectos del trabajo que no son solo enviar un email u organizar eso o lo otro, se trata de habitar el edificio, de estar por ahí, de formar parte del procesos de los alumnos…” (wsp: 18:24 // 08_03_2021)
En la puerta del Mercat de las Flores hablamos Vicente, Paula y yo sobre el parón que supuso la pandemia:

Fotos y Audio Paulina Chamorro

Para terminar con algo ligero, como los chistes que cuenta Vicente al final de la performance: “¿a qué te dedicas actualmente? A respirar. No gano mucho per me da para vivir.”, uno de mis trabajos más largos fue en un canal de televisión actualmente desparecido, llamado Rock & Pop. Un experimento para crear una televisión distinta que fracasó porque no resultó ser todo lo rentable que se esperaba. Durante cinco años me desempeñé como animadora de programas, asistente de plató, actriz y guionista.

Comparto la cortina de uno de esos programas en los que trabajé, el más longevo y con éxito, llamado Grado 28. Aquí la familia casi al completo: Cote Correa, Matías Fuentes, Isidora Moulian, Sergio Rioja, Chuma, Paolo Conte, Malcolm Leiva, etc. Un programa nocturno y raro que decía: LAS IMAGENES QUE VERÁN A CONTINUACIÓN NOS AVERGUENZAN, PORQUE DEJAN AL DESNUDO NUESTRA DECADENCIA. PERO NO NOS PREOCUPA MUCHO; SUS DÉBILES MENTES NOS SUPERAN EN MORBO, TONTERA, SIUTIQUERÍA Y PERVESIÓN.

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