¿Y si las telenovelas fueran menos telenovela?


¿Y si las telenovelas no tuvieran un guión preestablecido? ¿Y si estuvieran abiertas a su propia incertidumbre? ¿Y si nunca supiéramos qué les sucederá a los protagonistas? ¿Ni para dónde se dirigen sus historias? ¿Y si la linealidad narrativa diera paso a la fragmentación? ¿a una telenovela fragmentada por su propio directo?


¿Y si las telenovelas fueran un acontecimiento, una revelación no calculada de sus propias potencias?

¿Y si fueran también todas las costuras que la atan a sus tecnicismos? ¿si no solo fueran historias? ¿Y si fueran su materialidad también, sus cables, sus micros internos, sus switch? ¿el plano y contraplano simultáneos?


¿Y si las historias que cuentan renunciaran a la obligación de un relato lineal, de sostener una línea narrativa con la coherencia que le conocemos? ¿Y si dejaran atrás su rigidez y se abrieran a un “lo que sea que esté pasando? ¿A no saber? ¿A la deriva?


¿Y si no pasara nada en una telenovela, nada de eso a lo que estamos acostumbrados? ¿Y si una telenovela fuera un decir “desnúdate con un pato-oca-cisne embalsamado y verás cómo mola”?


Audio de Paulina Chamorro

¿Y si las telenovelas fueran lo que ellas quisieran ser y no el entramado de sujeciones que le han impuesto? ¿Y si las telenovelas fueran todo lo que conocemos del mundo, revuelto y desjerarquizado? ¿Y si las telenovelas fueran pura intensidad? ¿Y si fuera una intemperie y no un plató?


¿Qué clase de historia sería? ¿Qué tipo de realizadores emergerían? ¿Qué posibilidades aparecerían? ¿Qué implicados se necesitarían para las telenovelas de la deriva? ¿Y nosotras qué clase de espectadoras seríamos?


Desde que se produjo la primera transmisión televisiva en 1927, la tele ha evolucionado técnicamente de forma impresionante. Su desarrollo ha demostrado que se siente protagonista de algo a lo que no está dispuesta a renunciar. A un lugar, que como cualquier otro, ostenta un poder casi imposible abandonar. En pocas décadas pasaron de ser un objeto a ser “uno más de la familia”. Y hoy las vemos a través de las ventanas de nuestras vecinas, aferrándose a las casas, a sus muros, todavía más grandes y bulímicas, con sus brillos e infinitos parpadeos de colores. La tele es una máquina que hace presente la ausencia. Televisión proviene de la unión entre la palabra griega τῆλε (tēle) que significa «lejos» y la latina visiōnem, que refiere a “visión”. Visión de lejos.


Visión de lejos, que como decía la letra de una canción: “penetra”.


Las telenovelas como las conocemos hoy, aparecen en Cuba y Brasil a fines de la década del 50`. En todo este tiempo, su estructura ha cambiado poco manteniendo intactos los procedimientos narrativos aristotélicos de presentación, climax y desenlace. Al parecer, esta industria, muy segura de su éxito, no ha sido incapaz de alterar sus protocolos, facilitado con ello, el surgimiento de otros géneros televisivos más innovadores que se han permitido más libertades a la hora de contar historias, como las series. Aunque su alcance ha dado para innumerables análisis y estudios, así como con el resto de sus dimensiones (comunicativa, propagandística, industrial, económica, política, afectiva, segregadora, clasista, racista….y un largo etc.) nunca ha dejado de ser predecible y aburrida. Pero ahí siguen las teles y sus telenovelas, cada vez más grandes, ocupando más espacio en los rendidos cerebros y salones de las casas.


Pero la telenovela que nos presenta Guillem Mont de Palol, Márcia Lança y Daniel Pizamiglio nos abre a la nueva era de las telenovelas. A LA TELENOVELA QUE ESTÁ POR VENIR (me susurran al oído). A una etapa marcada por la deriva, por un hacer menos, por un no saber, que me gustaría saber si la tele es capaz de sostener. Una telenovela que va de una tele que no sabe lo que quiere ser y se busca hasta en las pausas y las roturas de planos. Que se sostiene en su presente y no en la promesa de un desenlace o una resolución. Una telenovela que es televisión que es telenovela, que se reconoce en sus órganos y los incluye como partes de un cuerpo que excede al ejecutante, que no intérprete.


Esta “telenovela de amor”, como cantaba el jingle o cortina de presentación, ha sido creada, accionada e interpretada por los perdedores de una larga historia de amor. Por los que perdieron la batalla por la deriva, por los que perdieron la batalla del extravío, por los que escogieron no venderse a ningún climax y desenlace. Por los que no abrieron el paracaídas de las telenovelas de amor y de lo que sea.


Porque si las telenovelas quisieran ser de verdad un reflejo de nuestras vidas tendrían que comenzar por aceptar que la vida no resiste ningún guión preestablecido. Que la vida no es predecible y que sobre todo pocas veces se resuelve en un final final. ¿A ver cómo se las bailaría una industria sin guión, sin desenlace, sin sus modos de representación? Ya hemos visto lo que la telenovela puede en el plató del Festival Sâlmon. Y el que no lo vió se perdió la oportunidad de convertirse en un espectador de telenovelas sin telenovela. E intuyo que hemos visto solo la punta del iceberg. Que todavía puede más, que a la tele-telenovela le queda mucho por explorar.


Así que en esta propuesta echamos en falta un diálogo abierto con la cámara, algo así como un “sígueme cámara amiga”, “dame un zoom, dame un primer plano”. Nos preguntamos qué tan cerca estuvieron Guillem, Márcia y Daniel de romper la cuarta puta pared teniendo las cámaras encima. Porque esa visión de lejos que es la tele, paradigma del panóptico, es pura producción de subjetividad.


Nos habría gustado que en algún punto la telenovela se hubiese permitido establecer un contacto entre las muchas presencias que se estaban produciendo simultáneamente en el directo, en la mesa de switch y en las casas del streaming. Que de alguna manera se hiciera visible la simultaneidad de planos más allá del marco tele-pantalla. Hubiera sido dramáticamente emocionante ver cómo se intentaba construir el panóptico subjetivo de la Telenovela en el Festival Sâlmon.


Esperábamos con cierta emoción que en algún punto los múltiples formatos que se estaban desplegando en la telenovela chocaran, se rozaran, se reconocieran, se echaran un baile.


¿Qué habría pasado si las cámaras hubiesen utilizado las mismas reglas de juego que la telenovela? ¿Qué habría pasado si el lenguaje de la tele se hubiese permitido suspender por un momento sus reglas? ¿Se habría dejado contaminar por la propuesta de Guillem Mont de Palol, Márcia Lança y Daniel Pizamiglio y nos hubiesen dejado a nosotras montar las escenas a través de nuestras retinas? ¿Habríamos visto planos subalternos? ¿planos de una subjetividad televisiva oculta, no revelada? ¿planos fuera de plano de una circularidad afuera? ¿Qué nuevos diálogos nos habría revelado la subjetividad del camarógrafo desobediente?


¿Y si las telenovelas fueran menos telenovela?

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